domingo, 23 de febrero de 2014

No me mueve, mi Dios...

Dentro de la poesía española del Siglo de Oro, tenemos las más grandes obras de esa época y de la historia. Entre esos magníficos versos, la mística española esta entre las que engrandecieron el castellano hasta el punto ser la lengua más hablada del mundo. Muchos grandes como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz están entre los místicos más importantes de la poesía hispana. Pero la casualidad quiere que de entre todos los poemas religiosos de la época, uno que es anónimo, pasa por ser el más grande de todos los de aquellos años. No sólo importante en su estructura poética, sino por su belleza y perfección. Es conocido como el Soneto a Cristo Crucificado, aunque es más conocido por su comienzo: "No me mueve, mi Dios". 


Independientemente del nombre de su autor, lo que destaca esta maravilla de la literatura universal es por la belleza y el sentimiento tan profundo que siente un Cristiano ante el dolor del Mesías en la Cruz. En él, lo que importa es el Amor a Dios, puro y desinteresado, en que el poeta hace suyo el dolor del mismo Cristo crucificado. Lo versos lo reflejan bien claro:
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Todo un acto de amor hacía el mismo Dios con unos versos maravillosos, que pasan por ser uno de los más grandes de la literatura española del Siglo de Oro de las Artes y las Letras.

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