domingo, 13 de marzo de 2016

El azote de Dios

Atila es de esos personajes nefastos en la historia de la humanidad. Su paso no era más que sinónimo de destrucción y muerte; un hombre que fue capaz de llevar a los hunos, un pueblo nómada muy disgregado procedente de Asía (algunos dicen que originarios de China) a la invasión de los balcanes, a sitiar Constantinopla y poner en serio jaque al Imperio Romano tanto en Oriente como Occidente, el cual estaba en clara decadencia, aunque cabe decir que nunca pudo entrar en la capital del de Occidente: Roma. 

 

De Atila se dijeron muchas cosas, siempre en consonancia con la ferocidad de un personaje al que sus mismos súbditos temían. Desde que por donde pasaba el caballo de Atila no volvía a crecer la hierba, ni vida alguna o que era el mismo azote de Dios. 

La ferocidad de Atila

 Lo cierto es que Atila heredó el trono de su padre sobre el año 434, junto con su hermano Bleda con el que lo compartiria, aunque sus ansias de poder eran tan grandes que pronto se deshizo de éste asesinándole, dando comienzo su reinado en solitario. 
Las primeras actuaciones de Atila fueron contra el Imperio Romano de Oriente (El Imperio Romano había sido dividido en el de Oriente y Occidente) con brutales cargas contra Constantinopla, sometiendo a los pueblos de la zona con grandes tributos. 

Banquete del Rey de los hunos

Tras esto, su objetivo fue occidente donde consiguió grandes victorias, aunque fracasó en Troyes, lo que le obligó a retirarse para ejercer sus actuaciones en el el norte de Italia, donde arrasó (marca de la casa) Aquileya, Milán y Padua, algo que hizo que las poblaciones aterrrotizadas huyeran de las ciudades y se refugiaron en las montañas o en las lagunas del Adriático, lo que propició la fundación de una ciudad como Venecia. El emperador romano de Occidente, Valentiniano III, estaba a punto de sucumbir ante el empuje de Atila y sus irreductibles hunos, pero el Papa León I pactó con el caudillo huno su retirada de sus tropas a cambio de pagarle un tributo.


No obstante, Atila sabía que el Imperio Romano de Occidente estaba herido de muerte desde hace mucho tiempo y que sólo faltaba darle la estocada final... que, al menos por su parte, no llegó. Atila falleció de un ataque de apoplejía en su noche de bodas, algo que le propició la disgregación de los hunos para desaparecer un tiempo después y dio cierta calma a un Imperio de Occidente que no acabaría hasta que Rómulo Augusto fuera depuesto en el año 476 por los pueblos procedentes de las Germanías (la parte oriental sobrevivió hasta el año 1453). Sólo habían pasado 23 años de la muerte de Atila. 

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