viernes, 23 de junio de 2017

Un orador llamado Emilio Castelar

"Así como la libertad moral es el derecho de usar de nuestra propia vida bajo nuestra responsabilidad, la libertad social es el derecho que tienen todos los ciudadanos de obedecer solo a ley"
Emilio Castelar

Durante mucho tiempo, España ha carecido de personas con gran oratoria dentro de la política y con "oratoria" no me refiero a que no se limiten a leer un discurso, sino que desde su capacidad intelectual, puedan rebatir argumentos, aparte de defender los suyos con bastante soltura, utilizando incluso la ironía. Paradojicamente, no siempre ha sido así. A lo largo de nuestra historia, hemos tenido grandes oradores. El más recordado es don Emilio Castelar.


Efectivamente. Don Emilio, natural de Cadiz, republicano por convicción, aparte de historiador, catedrático y escritor, era un excelente orador, capaz de tumbar a muchos adversarios políticos con tan solo un par de frases. Castelar era liberal y se tuvo que enfrentar tanto a adversarios de corte monárquico como Cánovas (que también era un gran orador) o incluso republicanos federalistas de corte radical como Pi y Margall.


Con el advenimiento de la Primera República en 1873 fue nombrado Ministro de Estado, posteriormente Presidente del Congreso de los Diputados y por último jefe del Estado el 7 de septiembre de ese año, donde no dudo en establecer la fuerza para mantener el orden, algo que en parte le costó el golpe de Pavía, pero que era previsible dado que el sistema republicano hacía meses que estaba muerto. 


Un ejemplo de la gran capacidad dialéctica y oratoria de Castelar lo encontramos en las Cortes Constituyentes de 1869 en la que defendió que la Constitución garantizara la Libertad de Culto. Su oponente era el canónigo Vicente Manterola, diputado por la Unión Católica, que fue especialmente duro en aquella sesión del 12 de Abril de 1869. Francisco Cañamaque, periodista y político, llegó a escribir que, cuando Manterola habló "la Cámara comprendió, desde luego, que el adversario era temible y que Castelar tendría que hacer un esfuerzo"... y lo hizo. 
Don Emilio, haciendo uso de su elocuencia característica, le espetó a su adversario:
"Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo : "¡Padre mío, perdónales, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen!". Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es mas grande la religión del perdon misericordioso; y yo, en nombre de esta religión, yo en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis al frente de vuestro código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad para todos los hombres"
Finalmente, en la Constitución se añadió la Libertad de culto (la primera Carta Magna española en garantizarla). En cuanto a Castelar, decir que se todo aquel que hace uso de una gran capacidad oradora, se dice que está hecho un Castelar.

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