jueves, 20 de septiembre de 2018

El salvador de madres

Aunque parezca mentira hasta hace no más de 200 años, la limpieza brillaba por su ausencia en los hospitales. Los médicos operaban sin lavarse las manos y la mortalidad era grandisima no sólo en intervenciones a raíz de una enfermedad, sino a la hora de dar a la luz. Se calcula (dependiendo del territorio) que la mortandad entre las embarazadas pudo llegar al 80% (¡Una barbaridad!). Mucho antes de que Pasteur desarrollara la teoría germinal de las enfermedades infecciosas y con ello la famosa pasteurización, estuvo el médico Ignaz Semmelweis. 


Nacido en Buda en el Imperio Austro-húngaro el año 1818, se doctoró en obstetricia (parte de la medicina que se ocupa del embarazo, parto ...), obteniendo un puesto como ayudante en el Hospital General de Viena, trabajando en la Maternidad de dicho hospital. Semmelweis quedó terriblemente impresionado por la gran tasa de mortalidad existente a causa de la fiebre puerperal, llegandose a alcanzar una cifra de fallecimientos de hasta el 90%. La Maternidad estaba dividida en dos pabellones al cargo de dos doctores diferentes. En el primero las madres eran asistidas basicamente por médicos y estudiantes, mientras en la segunda los partos solían estar a cargo de las matronas. Semmelweis en sus primeros estudios descubrió que la tasa de mortandad en el segundo pabellón era mucho menor que en el primero. 


Tras la trágica muerte de un amigo, compañero suyo en el hospital, Jakob Kolletschka descubrió algo terrible. Jakob se había cortado realizando la autopsia a una de las parturientas fallecidas, mostrando, tras su muerte una patología similar a la de las mujeres. Semmelweis vio que el mal era transportado (de forma involuntaria, claro) por los propios médicos a los pacientes. Los médicos no limpiaban el instrumental tras tratar a cada paciente, ni se lavaban las manos, algo que sí hacían las matronas, mucho más higiénica, por lo que de ahí radicaba la gran diferencia. 


Su superior, representado en la figura del Doctor Klein, un burocrata enchufado que no dio crédito a la teoría del húngaro, por lo que fue rechazado. Lo cierto es que hasta la fecha poco le habían interesado a los médicos del hospital el hecho de la gran tasa de mortandad dado que muchas de las mujeres eran de "baja condición" o sus embarazos eran no deseados. Semmelweis instaló lavabos, obligando a estudiantes y médicos a lavarse las manos así como el instrumental tras cada intervención. Su carta pública a diversos médicos no sólo de Viena, sino de Europa sobre su teoría levantó ampollas donde él trabajaba. 

La higiene es importante

Klein, que no soportaba a Semmelweis y sus teorías, se deshará del médico, primero echándolo del hospital y después siendo enviado a un asilo que no era otra cosa que un manicomio, muriendo allí el año 1865, diciendose que había sido por una enfermedad, solo, abandonado y desacreditado (a su funeral sólo asistieron un par de conocidos. No fue nadie de su familia). Años después, su buen nombre sería restituido por los trabajos de Pasteur y del cirujano Joseph Lister, padre de la cirujía moderna. En el intento por restituirle desde su patria, se descubrió que Semmelweis no había muerto por una enfermedad, sino por las heridas, producidas probablemente por los golpes de lo que lo tenían encerrado. Al final, en su país hay hospitales con su nombre, recientemente fue seleccionado como motivo para una moneda conmemorativa en Austria y (lo mejor de todo) aquellos que se opusieron a sus investigaciones, repudiándolo e insultandolo, acabaron en el ostracismo. 


Antes de que se hablará de gérmenes y contagios, Semmelweis abrió la puerta (una gran puerta) a una de las prácticas esenciales (y probablemente más importante) de la medicina moderna: la esterilización. Un hombre, que tras más de cien años muertos, sigue siendo el salvador de madres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario