jueves, 13 de noviembre de 2014

El fracaso del nacionalismo

Lo ocurrido en Cataluña el anterior Domingo no es que fuera una pantomima, ni siquiera algo ilegal (que lo era). Es todo un estudio de como los nacionalistas pretenden engañar no sólo al pueblo que dicen defender, sino a ellos mismos. Sólo de esta forma podemos explicar que un tipo vote hasta tres veces en tres lugares distintos o ellos hablen de un éxito rotundo cuando sólo voto un 36% (podían votar a partir de los 16 años) y a Europa, más pendiente de los festejos por la caída del Muro de Berlín, le importaba un pimiento los delirios de personajes sedientos de poder.


No comparto la idea de que se tenía que haber quitado las urnas, puesto que esto hubiera generado una batalla campal. Ni tampoco comparto la idea de que el Presidente del Gobierno hubiera salido antes a dar su análisis. Sí lo hubiera hecho, le hubiera dado al menos en su modo de actuar, una carta de legalidad a una cosa que no lo tenía. Resulta curioso que muchos (no todos) de los que critican al Gobierno por no actuar sean los mismos que aplaudían con las orejas o se callaron cuando determinado tipejo que tuvo para mal el ser Presidente del Gobierno permitió la aprobación de un estatuto inconstitucional y dijo aquello de que el "termino nación es un concepto discutido y discutible". También hay que poner las cosas en su contexto y decir que ésto no viene de hace dos o cuatro años. Esto viene de unos tal Maragall, un tal Montilla (cordobés que quiso ser más catalán que nadie) y un tripartito en el que pactaron con personajes que ahora se atreven a darnos lecciones de Democracia.
Lo cierto es que el nacionalismo no puede hacer nada ante un fracaso estrepitoso en el que un cadáver apellidado Mas, pero que cada vez es Menos, vive una agonía demasiado larga para que él y nosotros la soportemos.

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