lunes, 15 de agosto de 2016

Ruido, mucho ruido

Vivimos en el planeta del ruido. No sólo son los coches, sino a todas horas, entremos en un restaurante, cine, local o cualquier otro sitio no estaremos oyendo hablar a gente, sino vociferar lo más alto y sin sentido posible a personas que en lugar de hablar gritan todo lo que puedan para que sus opiniones sean escuchadas como si por decir las cosas más alto fueran a ser comprendidas o a tener más razón. Y eso sin contar coches, obras, guitarras eléctricas, radios puestas a todo meter, ...


Incluso en las Iglesias, lugares para el encuentro con Dios con la oración o la reflexión interna no se respeta la máxima del silencio, encontrándonos a personas que se saludan de la forma más ruidosa posible o a individuos, cuya falta de respeto hacia los que queremos rezar (y hasta al mismísimo Dios) es tal que dan ganas de mandarles a callar y expulsarlos del templo de una patada en donde la espalda pierde su casto nombre.
El poco tiempo para el silencio y la reflexión ha posibilitado la perdida de actividades positivas para el intelecto (la lectura se me ocurre), haciendo que vivamos demasiado deprisa y perdamos parte de nuestra salud. Hay gente a la que le gusta el ruido y la bulla proporcionada por infinidad de personas que gritan sus opiniones a la cara del otro. A mi, sin embargo, me horripila ese ruido absurdo proporcionado por cientos de bocas que en lugar de hablar vocalizando  (algunos deberían tener intérprete para comprender lo que dicen) se dedican a eso: al ruido.

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