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sábado, 18 de julio de 2015

El Rey pacificador

Aunque el Siglo XX en España en general fue bastante deprimente (salvo por la Transición), el Siglo XIX lo supera con creces. Durante esta centuria, hubo tres guerras civiles (las guerras carlistas), una guerra contra los franceses que en la practica fue otra guerra civil (la denominada guerra de la independencia), dos Monarquías lamentables (Fernando VII e Isabel II), la independencia de las colonias de Ultramar, un sexenio democrático desastroso (con una monarquía parlamentaria muy corta y una república sin republicanos) e infinidad de pronunciamientos y golpes de Estado. Así España se encontraba en el caos más absoluto. 


Precisamente a partir de un pronunciamiento, el del General Martínez-Campos en Sagunto, volvería la Monarquía en España en la persona del hijo de Isabel II, Alfonso de Borbón, que tomó el nombre de Alfonso XII de España. 
El país en ese momento se encontraba sumido en la tercera guerra carlista y los monárquicos se encontraban muy divididos; muchos dudaban de que el hijo de una Reina tan nefasta fuera capaz de poner orden. Es por eso que el Rey escribió de su puño y letra una carta, conocida como Manifiesto de Sandhurst, que se encargaría de distribuir su principal valedor durante la Primera República, Antonio Cánovas del Castillo. La carta dice así: 
"He recibido de España un gran número de felicitaciones con motivo de mi cumpleaños, y algunas de compatriotas nuestros residentes en Francia. Deseo que con todos sea usted intérprete de mi gratitud y mis opiniones.
Cuantos me han escrito muestran igual convicción de que sólo el restablecimiento de la monarquía constitucional puede poner término a la opresión, a la incertidumbre y a las crueles perturbaciones que experimenta España. Díceme que así lo reconoce ya la mayoría de nuestros compatriotas, y que antes de mucho estarán conmigo los de buena fe, sean cuales fueren sus antecedentes políticos, comprendiendo que no pueda tener exclusiones ni de un monarca nuevo y desapasionado ni de un régimen que precisamente hoy se impone porque representa la unión y la paz.
No sé yo cuándo o cómo, ni siquiera si se ha de realizar esa esperanza. Sólo puedo decir que nada omitiré para hacerme digno del difícil encargo de restablecer en nuestra noble nación, al tiempo que la concordia, el orden legal y la libertad política, si Dios en sus altos designios me la confía.
Por virtud de la espontánea y solemne abdicación de mi augusta madre, tan generosa como infortunada, soy único representante yo del derecho monárquico en España. Arranca este de una legislación secular, confirmada por todos los precedentes históricos, y está indudablemente unida a todas las instituciones representativas, que nunca dejaron de funcionar legalmente durante los treinta y cinco años transcurridos desde que comenzó el reinado de mi madre hasta que, niño aún, pisé yo con todos los míos el suelo extranjero.
Huérfana la nación ahora de todo derecho público e indefinidamente privada de sus libertades, natural es que vuelva los ojos a su acostumbrado derecho constitucional y a aquellas libres instituciones que ni en 1812 le impidieron defender su independencia ni acabar en 1840 otra empeñada guerra civil. Debióles, además, muchos años de progreso constante, de prosperidad, de crédito y aun de alguna gloria; años que no es fácil borrar del recuerdo cuando tantos son todavía los que los han conocido.
Por todo esto, sin duda, lo único que inspira ya confianza en España es una monarquía hereditaria y representativa, mirándola como irremplazable garantía de sus derechos e intereses desde las clases obreras hasta las más elevadas.
En el intretanto, no sólo está hoy por tierra todo lo que en 1868 existía, sino cuanto se ha pretendido desde entonces crear. Si de hecho se halla abolida la Constitución de 1845, hállase también abolida la que en 1869 se formó sobre la base inexistente de la monarquía.
Si una Junta de senadores y diputados, sin ninguna forma legal constituida, decretó la república, bien pronto fueron disueltas las únicas Cortes convocadas con el deliberado intento de plantear aquel régimen por las bayonetas de la guarnición de Madrid. Todas las cuestiones políticas están así pendientes, y aun reservadas, por parte de los actuales gobernantes, a la libre decisión del porvenir.
Afortunadamente la monarquía hereditaria y constitucional posee en sus principios la necesaria flexibilidad y cuantas condiciones de acierto hacen falta para que todos los problemas que traiga su restablecimiento consigo sean resueltos de conformidad con los votos y la convivencia de la nación.
No hay que esperar que decida ya nada de plano y arbitrariamente, sin Cortes no resolvieron los negocios arduos de los príncipes españoles allá en los antiguos tiempos de la monarquía, y esta justísima regla de conducta no he de olvidarla yo en mi condición presente, y cuando todos los españoles estén ya habituados a los procedimientos parlamentarios. Llegado el caso, fácil será que se entiendan y concierten las cuestiones por resolver un príncipe leal y un pueblo libre.
Nada deseo tanto como que nuestra patria lo sea de verdad. A ello ha de contribuir poderosamente la dura lección de estos últimos tiempos que, si para nadie puede ser perdida, todavía lo será menos para las hornadas y laboriosas clases populares, víctimas de sofismas pérfidos o de absurdas ilusiones.
Cuanto se está viviendo enseña que las naciones más grandes y prósperas, y donde el orden, la libertad y la justicia se admiran mejor, son aquellas que respetan más su propia historia. No impiden esto, en verdad, que atentamente observen y sigan con seguros pasos la marcha progresiva de la civilización. Quiera, pues, la Providencia divina que algún día se inspire el pueblo español en tales ejemplos.
Por mi parte, debo al infortunio estar en contacto con los hombres y las cosas de la Europa moderna, y si en ella no alcanza España una posición digna de su historia, y de consuno independiente y simpática, culpa mía no será ni ahora ni nunca. Sea la que quiera mi propia suerte ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal.
Suyo, afmo., Alfonso de Borbón.
Nork-Town (Sandhurst), 1 de diciembre de 1874"
El Rey era consiente de que una Monarquía parlamentaria era la mejor manera de alcanzar la estabilidad; por eso le encargó al propio Cánovas que configurase un sistema, al que se conoció como sistema canovista, aunque era una copia del sistema ingles en el que había alternancia en el poder. 


El Rey se ganó el aprecio de los españoles debido a una actitud muy diferente a los de sus antecesores, sin pretender involucrarse en la política de su país, aunque hay que decir que el caciquismo perpetrado por los partidos alternantes, el de Cánovas y Sagasta, hacía que el Estado no tuviera una Democracia como tal. Sin embargo, se alcanzó una Paz social nunca vista en el Siglo XIX, acabandose con los pronunciamientos, llegando a acuerdos tanto internos como externos y poniendose fin a la guerra carlista con la victoria de los alfonsinos. Por todas esas cosas, Alfonso XII sería llamado el pacíficador. 
El Rey se casó dos veces; la primera con su prima María de las Mercedes de Orleans de la que estaba muy enamorado (generandose la famosa canción popular "¿Dónde vas, Alfonso XII?" cuando ella murió) y  María Cristina de Habsburgo-Lorena. 

María de las Mercedes

Sin embargo, a pesar de todos los éxitos políticos del Rey, hay algo que le granjeó el cariño del pueblo. En 1885 se desató una epidemia de cólera en Valencia que se fue extendiendo hacia el interior del país. Cuando la enfermedad llegó a Aranjuez, el Rey expresó su deseo de visitar a los afectados, a lo que el Gobierno presidió por Cánovas se negó por el peligro de contagio. A pesar de dicha negativa, el Rey partió, sin previo aviso, hacia la ciudad y ordenó que se abriera el Palacio Real para alojar a las tropas de la guarnición. Una vez allí, consoló a los enfermos y les repartió ayudas. 


Cuando el Gobierno conoció el viaje secreto, envió al Ministro de Gracia y Justicia, al Capitán General y al Gobernador Civil para que le llevasen de vuelta a Palacio. El pueblo, enterado del noble gesto de su Rey le recibió con vítores y, retirando a los caballos, condujo al carruaje hasta el Palacio Real. 


La muerte por tuberculosis del Rey ese mismo año, llevó una tristeza tremenda a los corazones de unos españoles, que habían comprobado que se podía ser Rey y preocuparse del bienestar del pueblo. Alfonso XII dejaba un hijo póstumo, que en 1902, sería proclamado Rey con el nombre de Alfonso XIII. Antes ya se habían perdido todas las colonias de Ultramar y los lideres políticos como Cánovas y Sagasta desaparecerían, generándose una crisis, que traería consecuencias nefastas para España en el Siglo XX, aunque eso, como se suele decir, es otra historia.

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