jueves, 20 de junio de 2013

La leyenda del Mencey loco

¡Guañooooooth! ¡Achamaaaaaannnn!
Se oye todavía desde las escarpadas cumbres de Anaga. Así pedía socorro, el Mencey Beneharo a Achaman. Que lo protegiera de aquellos que querían acabar con su libertad. Aquellos que pretendía esclavizarlo. Desde Sancho de Herrera hasta Francisco Maldonado, habían intentado acabar con su libertad  y no lo habían conseguido.

 
La guerra con el enemigo había sido larga y muy dura. La situación había llegado al límite. Su guañepa (cetro guanche) no tenía valor ahora mismo. Beneharo, el Mencey de Anaga, se había apercibido con 200 de sus fieles para llegar a un acuerdo con sus conquistadores. Estos le tendieron una emboscada, adelantandose un fanfarron que tenía por nombre Rodrigo de Barrios, el cual les increpo, diciéndoles:

Gente bárbara y servil,
nacida para ser siervos:
rendíos, que a cuenta echada
tenemos vuestros pescuezos,
y ya sabemos a cuántos
han de tocar por acero.

Arengando los conquistadores, prendieron fuego contra los indefensos guanches, los cuales heridos se dispersaron por los diferentes senderos, quedando solo el Mencey, que no había salido mejor librado que ellos. El Mencey enloqueció. Estaba ante una situación límite era o morir, o vivir, siendo un esclavo. 

 
Beneharo enloquecio sobremanera. Ante los riscos de Anaga, grito con las fuerza que le quedaba: ¡Guañooooooth! ¡Achamaaaaaannnn! El eco le respondió: ¡Achamaaaaaannnn! 
Viéndose con la libertad perdida, miro por última vez a aquella tierra que tanto quería, la tierra de sus antepasados. Los riscos en los que había correteado cuando era niño. La tierra por la que tanto había luchado. Viendo todas esas maravillas y con la rabia en los ojos, lanzó al abismo su cuerpo. Prefirió morir siendo libre que vivir siendo esclavo. 
Muchos dirán que con su muerte murió la noble raza guanche, pero no fue así. Murió el hombre, pero en la memoria, en el recuerdo y en la sangre de los canarios que vinieron después, sigue viviendo la raza del guanche. Ya lo dijo el poeta, Ramón Gil-Roldán, en su "Cantata del Mencey Loco":

No puede morir jamás,
quien de esclavo se libera
rompiendo para ser libre,
con su vida las cadenas.
  
Y no murió. Sigue vivo en la sangre de sus descendientes. Los descendientes de la noble raza del guanche que prefirió su libertad por encima de su propia vida.

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